Mauricio Flores Kaperotxipi, pintor de vascos verdaderos

En el año 1936 Mauricio Flores Kaperotxipi vivía en Elgeta (Gipuzkoa) porque como él mismo decía, los pueblos le gustaban más que las ciudades. Kapero acababa de llegar de un largo viaje por Cuba, México y Estados Unidos. En sus cuadros le gustaba pintar gente vasca feliz, sencilla y fuerte, honrada y limpia, de la montaña y del mar.

La mayoría de los modelos que Kapero seleccionaba eran en su mayor parte aldeanos con expresiones serenas y naturales, a veces con exageradas arrugas. Eran vascos verdaderos, sin proporciones ni perfiles caricaturescos, sin mistificaciones ni deformidades étnicas. El pintor tenía predilección por la figura, a la que complementaba con paisajes de fondo muy simples. De esta forma obtenía armonías de color en el conjunto pictórico que no restaban importancia a la figura del primer término.

A la feria, Flores Kaperotxipi

A la feria, Flores Kaperotxipi

Elgeta

Para el pintor de Zarautz, Elgeta tenía el encanto de un pueblo. Los días resultaban largos, sin las tentaciones de las grandes ciudades. Había tiempo para todo. Para pintar, leer, escribir y pasear con el médico o con los tres curas del pueblo. Kapero solía escribir de arte y viajes para el periódico «El Pueblo Vasco» de San Sebastián. La razón que esgrimía era que la mayoría de los vascos no sabía decir nada en público si no lo llevaba escrito en un papel.

Un día recibió una carta del antropólogo Telesforo de Aranzadi desde Barcelona. El Diccionario Espasa iba a dedicar un espacio para el arte en las regiones españolas. Aranzadi pensó en Kapero para que éste escribiera tres amplios comentarios sobre el arte vasco. Uno sobre pintura, otro sobre escultura y un tercero sobre dibujo y grabado. Los comentarios debían adjuntar grabados en blanco y negro, un par de cuadros a color y las biografías de los artistas que no estuvieran aún en el diccionario. Se le pagaría por página y por fotografía.

Pero Kapero declinó la oferta. Le sorprendía que una de las figuras más destacadas de la cultura vasca le ofreciera semejante tarea. Pensaba que en su tierra otros podían hacerlo mejor que él. Pero Espasa deseaba que esta labor la realizara un artista. Aranzadi insistió: «Le ruego que acepte». Felipe Urcola, amigo de Kapero y por entonces director de «El Pueblo Vasco», le convenció de que podía hacerlo. Kapero contó a sus lectores del periódico la tarea que le habían encomendado y pronto comenzó a recibir notas enviadas por artistas de todo el País Vasco.

Los novios, Flores Kaperotxipi

Los novios, Flores Kaperotxipi

Bilbao

Pero el inició de la Guerra Civil española y el avance de los rebeldes por Gipuzkoa le obligaron a dejar Elgeta. Marchó a Bilbao con varios de sus cuadros y los comentarios sobre arte vasco. Kapero no creía en la guerra civil. Se preguntaba, con todo lo que viajaba por el mundo, cómo le había sorprendido la guerra en España. La respuesta es que no la esperaba. Tampoco esperaba su duración.

Dentro de los refugios antiaéreos de Bilbao Kapero oía los estampidos de las bombas que explotaban en el exterior. Mientras sus rodillas temblaban de miedo, pensaba que, una vez terminado el bombardeo, correría a su casa, si es que todavía había casa. No como un amigo suyo al que le molestaban tanto las alarmas aéreas, que optó por quedarse en su casa mientras la aviación enemiga bombardeaba la ciudad. Total, había miles de casas. ¿Por qué iban a apuntar a la suya?

En Bilbao Kapero recibió el encargo, junto al pintor Julián Tellaeche, de la preparación y organización de las obras de arte vasco que viajarían a la Exposición Internacional que iba a celebrarse en París en mayo de 1937. Era un trabajo propagandístico que provenía desde la presidencia del Gobierno provisional de Euzkadi y a su vez del Gobierno de la República. España había recibido en 1934 la invitación de Francia para participar en dicha exposición.

Un baskito, Flores Kaperotxipi

Un baskito, Flores Kaperotxipi

Mauricio Flores Kaperotxipi, pintor de vascos verdaderos

A primeros de mayo se ordenaba desde la consejería de Justicia y Cultura que presidía Jesús María Leizaola la salida para París de las obras y los expertos. Kapero y Tellaeche ya tenían listos sus pasaportes y sus visados. Habían conseguido dos plazas de avión en el aparato adquirido por el Gobierno vasco, llamado el «Negus». Pero a última hora la consejería recibiría una notificación informando del aplazamiento de la exposición española. Por fin, el 12 de julio, dos meses después, se inaguró el Pabellón Español y la obra más emblemática del arte contemporáneo de la nación, el «Guernica» de Picasso.

El 25 de mayo del mismo año Kapero escribió una carta a Telesforo Monzón, consejero de Gobernación. Le decía que era un soldado de la quinta del año 22 y que le iba a alcanzar la siguiente llamada a filas. Kapero rogó a Monzón para que el Gobierno vasco le autorizara de nuevo para acompañar y trabajar como técnico voluntario de la Exposición Internacional. Por su parte, Tellaeche intercedió con otra carta solicitando un puesto de auxiliar técnico en obras de arte para Kapero. El 29 de mayo Monzón remitía al presidente Aguirre las dos cartas para que él tomara la decisión.

Kapero no fue al frente pero tampoco a París. Como refugiado en Bizkaia, tuvo que trabajar en la construcción del sistema defensivo republicano de Bilbao, el «Cinturón de Hierro». Metido en el barro, llevando piedras y arrastrando troncos, solamente pensaba en volver a Nueva York, de donde había llegado hacía ocho meses. También recordaba Argentina, «con sus carnicerías repletas de carne y sus mercados abarrotados de comida».

Cinturón de Hierro, Flores Kaperotxipi

Cinturón de Hierro, Flores Kaperotxipi

Francia

Con la conquista de Bilbao por parte rebelde en junio de 1937 Kapero marchó a Santander. En esta ciudad pudo embarcar en el último mercante británico que partió en agosto antes de que la ciudad cayera también en manos rebeldes. En los papeles de embarque aparecía otro nombre. La persona a la que pertenecía la documentación había partido antes en otro barco. Kapero tuvo que aprenderse su nuevo nombre. Ahora era un abogado con destino a Francia.

En octubre del mismo año Kapero ya estaba residiendo en Urrugne, entre Hendaya y San Juan de Luz cerca de la frontera con España. En la residencia «EliÇartzia» pensaba pintar algunos cuadros mientras esperaba la llegada de las obras que aportó para la exposición de París.

No volvió a pensar en el encargo de Aranzadi. El antropólogo falleció en 1945. Años después, residiendo ya en Argentina, Kapero recibía una carta de un artista guipuzcoano:

«¿Qué fue de la biografía que le mandé a Elgeta hace diecisiete años?

Notas

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