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Andrés Espinosa, el vasco que subió al Kilimanjaro

En 1931 Juan Antón de Aretza publicaba un artículo titulado “Ascensión a la cumbre de Kilimanjaro” en el almanaque argentino La Baskonia. En el mismo, Aretza se hacía eco de la última información de las secciones cablegráficas de todos los diarios del mundo. Un vasco, Andrés Espinosa, había subido al Kilimanjaro.

La vida del montañero

Un decidido montañero vizcaíno, Andrés Espinosa Echebarria (Amorebieta 1903-1985), se había propuesto realizar varias proezas que causarían admiración universal. Sin preparativos, sin alardes y sin elementos de ninguna especie. Nada más que con su soberana voluntad y sus envidiables piernas, empeñado en su plan solitario.

Andrés Espinosa, el vasco que subió al Kilimanjaro
Andrés Espinosa, el vasco que subió al Kilimanjaro

Según Luis Alejos, investigador de la vida de Andrés Espinosa (1), el montañero ingresó en 1925 en la Sociedad Deportiva Amorebieta. Ocupó la presidencia de la misma entre 1928 y 1930. En este último año, convertido ya en un mito del montañismo vasco, fue elegido presidente de la delegación vizcaína. En 1929 Espinosa entrará en la élite del montañismo al coronar en solitario el Mont Blanc (4.807 metros) sin haber pisado nunca un glaciar y utilizando como calzado unas abarcas. El mismo año coronaba el Cervino (4.478) sin utilizar cuerda.

Andrés Espinosa, el vasco que subió al Kilimanjaro

En 1930 Espinosa tomó una decisión trascendental al vender su parte del negocio familiar y dejar su trabajo para dedicarse a viajar. Enarboló una consigna: “Sólo, loco, libre, por el mundo adelante, que es muy grande”. Visitó Alejandría y El Cairo en Egipto. Se internó a pie en la península del Sinaí. Ascendió al Yébel Katarina (el monte más alto del Sinaí con 2.642 metros) y al famoso Monte Sinaí donde se encuentra el Monasterio de Santa Catalina. Espinosa dijo de su experiencia en el desierto:

Nueve días y medio casi sin parar de caminar. Cuatro días perdido entre montañas.

De vuelta a Suez en la costa egipcia tras recorrer a pie 120 kilómetros, Espinosa embarcó hacia el puerto de Mombasa en Kenia. Desde allí fue al límite de Tanganika (antes África oriental alemana y hoy Tanzania) donde le esperaba su nuevo reto: el Kilimanjaro (5.895 metros). Tras permanecer tres noches por encima de los 5.000 metros de altura, logró coronar el monte. Al regresar a Europa todos los periódicos del mundo hablaban de él. Espinosa, hombre reservado y modesto, era un deportista y montañero muy popular.

El sueño del Himalaya

En 1931, con la llegada de la República en España, Espinosa afrontó la mayor aventura de su vida: ascender al Himalaya. Tras veintidós días de viaje en barco, llegó a Madrás en la India. Desde aquí viajó en tren hasta Darjeeling, pero las autoridades británicas le negaron la autorización para acceder a cumbres por encima de los 6.000 metros.

Sin desanimarse por no coronar el Himalaya, Espinosa mantuvo la intención de regresar en unos pocos años. Nunca volvió. Con el estallido de la Guerra Civil española, Espinosa se alistó en el ejército republicano vasco. En el batallón Zergatik Ez, uno de los dos que formó la agrupación nacionalista radical Jagi-Jagi y la Federación de Mendigoxales (montañeros) de Bizkaia. Cayó prisionero y cumplió una breve condena, experiencia que le marcó para el resto de su vida.

El individualismo de los vascos

En su artículo de 1931, Aretza utilizó el ejemplo del montañero vizcaíno para hacerse una pregunta simple: ¿por qué a veces los vascos niegan su individualismo? Y puntualizaba:

Los vascos de verdad, no de los de pacotilla, porque los hay que dan espaldas a su hermosa patria, con tal de acomodarse al sol que más calienta, a los que por más listos y malabaristas que se crean, se les conoce el juego.

A los vascos de pacotilla, Aretza los definía como tipos indiferentes que habían traicionado su modalidad racial. Eran tipos insignificantes y merecedores de compasión, por egoístas y traicioneros de lo que más deberían amar. En cambio, a los vascos de verdad los definía como modelo de integridad. Este modelo se caracterizaba por una personalidad definida en su inmensa mayoría, un hondo concepto de su hombría y un vivo orgullo de su abolengo.

El discutido individualismo era una cualidad arraigada al temperamento de los vascos. Gracias a él, estos habían podido desarrollar las más fantásticas empresas llevadas a cabo. Otras muchas expediciones, magníficamente preparadas, habían fracasado. Las escasas ascensiones a montañas que se habían intentado en esos años se efectuaron a fuerza de múltiples precauciones. En cambio, el montañero Andrés Espinosa causó una sorpresa sin límites con sus estupendas ascensiones. Según Aretza el ejemplo de Espinosa conllevaba un aspecto racial. Había servido a los vascos para la glorificación de muchas de sus temerarias empresas a lo largo de la Historia.

Notas

(1) Alejos, Luis, El montañero y aventurero Andrés Espinosa, Temas Vizcaínos, Fundación BBK, Bilbao, 2002.

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